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En mayo del 2026, realizamos un taller de habilidades de coordinación, priorización y organización del trabajo junto a un equipo de profesionales de la Escuela de Veterinaria, de la UDLA, quienes cumplen funciones de gestión académicas asociadas a distintas jornadas y programas formativos.

El equipo enfrenta diariamente desafíos de coordinación complejos, vinculados a la articulación de actividades diurnas y vespertinas, programas ejecutivos, trabajo académico y múltiples requerimientos administrativos. Como ocurre en muchas organizaciones e instituciones educativas, gran parte del trabajo depende de la capacidad de distintas personas y áreas para coordinarse de manera efectiva, sostener acuerdos y responder oportunamente a las demandas cotidianas.

En ese contexto, el taller tuvo como propósito generar un espacio de reflexión y aprendizaje práctico en torno a un desafío que aparece con frecuencia en los equipos de trabajo, pero que pocas veces se aborda con suficiente profundidad: la coordinación de acciones.

Muchas veces, cuando las tareas no se cumplen, las conversaciones se postergan, las prioridades no están claras o las decisiones dependen de múltiples actores, se tiende a interpretar el problema únicamente como falta de compromiso, desorganización o baja capacidad individual. Sin embargo, en la práctica organizacional, gran parte de estas dificultades también se relacionan con dinámicas de comunicación, ausencia de criterios compartidos para priorizar, sobrecarga laboral, desgaste acumulado y falta de espacios para revisar cómo las personas están trabajando juntas.

Uno de los focos centrales del taller fue justamente comprender que la coordinación no es solo un fenómeno operativo, sino también relacional.

La manera en que las personas realizan pedidos, ofrecen ayuda, aclaran expectativas, hacen seguimiento de acuerdos o abordan conversaciones difíciles tiene un impacto directo en la efectividad del trabajo y en el bienestar de los equipos. Cuando estas conversaciones no ocurren, o suceden de manera poco clara, aparecen con facilidad los atrasos, la frustración, la sobrecarga y la sensación de estar reaccionando permanentemente a urgencias.

Durante la jornada trabajamos especialmente temas vinculados a:

  • priorización y criterios para organizar el trabajo,
  • procrastinación,
  • claridad en la coordinación entre personas y áreas,
  • conversaciones difíciles y seguimiento de acuerdos y compromisos.

El taller tuvo una metodología práctica y participativa, orientada a conectar los contenidos con situaciones reales del trabajo cotidiano del equipo. A través de ejercicios aplicados, espacios de reflexión, simulaciones y role play, los participantes pudieron revisar dinámicas habituales de coordinación y analizar cómo determinadas formas de comunicación facilitan —o dificultan— el trabajo colaborativo.

Uno de los aspectos más valiosos de la experiencia fue que el espacio permitió no solo identificar oportunidades de mejora, sino también reconocer fortalezas relevantes del equipo.

Aparecieron con mucha fuerza elementos como la confianza, el respeto mutuo, la disposición a ayudarse, el compromiso con estudiantes y colegas, y la capacidad de contenerse en momentos de alta exigencia. Estas fortalezas son especialmente importantes, porque los procesos de mejora organizacional funcionan mucho mejor cuando las personas sienten seguridad para expresar dificultades, pedir apoyo y revisar críticamente sus formas de trabajo sin temor a ser juzgadas.

Muchas veces, abrir esos espacios de conversación permite prevenir desgaste, redistribuir mejor las cargas y construir acuerdos más sostenibles para el equipo.

A lo largo del taller también surgieron aprendizajes relevantes que suelen repetirse en distintos contextos organizacionales:

  • Priorizar no significa hacer más cosas, sino definir colectivamente qué es realmente importante.
  • Muchos problemas de coordinación no provienen de falta de capacidad, sino de conversaciones incompletas o poco claras.
  • La ausencia de criterios compartidos genera sobrecarga y aumenta la sensación de urgencia permanente.
  • Pedir ayuda a tiempo permite prevenir desgaste y mejorar la colaboración.
  • La confianza en los equipos se fortalece cuando existen acuerdos claros y seguimiento de compromisos.

Otro aspecto importante trabajado durante la jornada fue el rol que tienen quienes coordinan equipos o procesos. En muchos casos, las personas que ocupan estos roles no solo deben responder a múltiples demandas simultáneas, sino también facilitar el trabajo de otros, ordenar prioridades y generar condiciones para que la coordinación ocurra de manera más fluida.

Por eso, fortalecer habilidades de comunicación, planificación y coordinación no consiste únicamente en mejorar indicadores de gestión. También implica cuidar a las personas, disminuir desgaste innecesario y construir formas de trabajo más sostenibles en el tiempo.

En Metahumano Consultoría creemos que muchos de los desafíos organizacionales actuales no se resuelven solamente con más procedimientos o más control, sino también fortaleciendo la calidad de las conversaciones y la capacidad de los equipos para coordinarse de manera clara, colaborativa y humana.

Generar espacios para detenerse, reflexionar sobre cómo trabajamos juntos y construir acuerdos compartidos sigue siendo una herramienta fundamental para mejorar tanto el desempeño como el bienestar en las organizaciones.

 

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